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Robert Kurz

 

 

POPULISMO HISTÉRICO

 

La confusión del sentimiento ciudadano y la caza de chivos expiatorios

 

El juego preferido de nuestra sociedad es la caza de culpables. Si algo ha fracasado en gran escala, es normalmente imperativo no cuestionar el asunto en sí, sino ir a la búsqueda de ciertos individuos a quienes echar la culpa. No se considera oportuno, ni siquiera es posible, echar la culpa a dudosos objetivos, a relaciones sociales destructivas o a estructuras sociales contradictorias; el desastre tiene que ser achacado a individuos faltos de decisión o incapaces, o hasta con mala intención. Es mucho más fácil seguir cortando cabezas que subvertir la situación actual y reestructurar las formas sociales.

 

La predisposición de la conciencia no reflexiva a deshacerse de problemas echándole la culpa a determinados individuos se acomoda a la ideología liberal: en principio, el liberalismo tiende a subjetivar las causas de los problemas sociales. El orden social vigente ha sido ascendido al rango de dogma, se ha convertido en una ley natural y,  por lo tanto, inaccesible e intocable para cualquier juicio crítico. Así pues, la causa de una experiencia negativa tiene que encontrarse en el individuo, en el entorno inmediato de su existencia. El individuo es el responsable de sus problemas y fracasos personales; pero los individuos también pueden ser responsables de las crisis y los desastres sociales. Nunca se le puede echar la culpa al sistema; siempre es alguien que se ha equivocado o incluso cometido un crimen.

 

Este tipo de reflexión es profundamente irracional, pero es un alivio para la conciencia, porque no tiene que esforzarse en analizar y ser crítica con las condiciones de su propia existencia. Los problemas esencialmente impersonales de la estructura de la sociedad y su desarrollo se identifican con determinados individuos o grupos sociales, etc., o se desplazan simbólicamente a estos. En el Antiguo Testamento éste es el procedimiento del "chivo expiatorio", en el que la sociedad deposita simbólicamente sus pecados para seguidamente abandonarlo en el desierto. Esta técnica de personalización superficial de problemas y calamidades puede tomar dos caminos.

 

El primero consiste en echar la culpa a los individuos, grupos o instituciones implicadas: o los subordinados denuncian a sus jefes y a sus organismos de dirección como inútiles e incapaces o, si los acusados pueden dar la vuelta a la sartén, éstos culpan a su vez a sus subordinados de ser ineficientes, de no tener el coraje necesario, etc. En la política moderna, este mecanismo de atribución de culpa es un elemento básico de su forma de operar. El pueblo denigra a los políticos y los políticos denigran al pueblo. Como ya se sabe, nunca ningún partido de la oposición achacará los problemas sociales al sistema político y su estructura subyacente de (re)producción social, sino que siempre afirmará que se deben a sus competidores que en ese momento lleven el timón del Estado y a su política "equivocada".

 

El segundo método es aún más irracional y peligroso. Generalmente, lo que se hace es proyectar los problemas sociales en uno o varios grupos a los que se identifica como el Mal y que deben convertirse en el símbolo del enemigo público universal. Todas las ideologías  --que según Marx siempre suponen una "falsa conciencia", una imagen distorsionada de la realidad-- funcionan de una u otra manera personalizando al enemigo público. Si el liberalismo como ideología básica es relativamente pragmático en su búsqueda de culpables y sustituye sin reparo alguno un rasgo "maligno" por otro, según requieran las circunstancias ( las "aspiraciones absurdas" y la pereza de los pobres, por ejemplo, la "mala educación" de los criminales, etc.) sus descendientes se inclinan más por una imagen unidimensional de su enemigo. La ilusión social más infame y trascendental incubada en el seno de la sociedad es la del antisemitismo, que culminó en las masacres de judíos en la Alemania nazi.

 

Lo opuesto a una búsqueda irracional de culpables sería una crítica social emancipadora que no apuntase a grupos o individuales particulares, sino que estuviera dispuesta a transformar las formas  imperantes de reproducción y de relaciones sociales. Indudablemente, la teoría marxiana es la que sigue teniendo el mayor potencial para conseguirlo. También es verdad que las ideas del movimiento obrero  -que ya alcanzaron sus límites- fueron esencialmente personalizadoras en la medida en que las contradicciones sociales eran atribuidas a una especie de "voluntad de explotación" de los "propietarios de los medios de producción" y no a las fuerzas y leyes ciegas del sistema moderno de producción de mercancías. Irónicamente, este enfoque teórico reduccionista tiene sus raíces en la herencia liberal del marxismo del movimiento obrero, que reduce cualquier problema a una cuestión de intenciones. Sin embargo, la teoría marxiana proporciona un enfoque mucho más amplio para efectuar una "crítica del sistema" que sea realmente digna de este nombre y que no confunda las crisis estructurales con las "malas intenciones" de individuos o grupos sociales.

 

Sin embargo, tras el colapso del capitalismo de estado (países "socialistas", N.d.T) y el triunfante avance de la ideología neoliberal,  la crítica social no sólo no prosiguió esta línea de pensamiento, sino que fue casi totalmente silenciada. El sistema social y su estructura también se convirtieron en un tabú más formidable que nunca; pero si las formas prevalentes de relación social no pueden ser objeto de crítica, los problemas sociales se agravarán cada vez más y las teorías de conspiraciones seguirán proliferando. No es nada extraño que durante los últimos veinte años, a la par del decaimiento del marxismo,  estén surgiendo con fuerza nuevamente ideologías racistas y antisemitas que intentar explicar las miserias del mundo con diferentes personificaciones del Mal.

 

También los medios oficiales de las sociedades democráticas buscan "chivos expiatorios" cada vez más descaradamente. En Alemania, un libro titulado "Incompetentes en trajes de rayas" (Nieven in Nadelstreifen), del periodista de negocios Günter Ogger, ha sido un éxito de ventas. En este libro se califica a los empresarios de fracasados y se les acusa de ser los causantes de los crecientes problemas socioeconómicos con su incompetencia colectiva. Sin embargo, los salvadores y los héroes de hoy son los perdedores y los acusados de mañana. Algunos medios ya publican listas de "ganadores y perdedores de la semana"  en el mundo de la política, los negocios, el deporte y el espectáculo. El tiovivo del personal gira cada vez más vertiginosamente: al ritmo de crisis, fracasos y quiebras, individuos "personalmente responsables" tienen que dimitir... para ser inmediatamente sustituidos por otros que no lo pueden hacer mejor.

 

La sombría sensación de amenaza universal ya no puede apaciguarse con el sacrificio de peones o reinas; intentando hallar alguna forma de expresarse, esta sensación genera fantasmas. Las sociedades occidentales, incapaces ya de reflexionar críticamente sobre sí mismas, crean  figuras míticas para simbolizar el escurridizo Mal de su propia estructura.

 

Una de estas figuras míticas de lo negativo es el terrorista. Cuanto más misteriosos y arbitrarios son los atentados bomba de los confusos, los frustrados, los guerreros de Dios o de las bandas mafiosas, más se parecen al ciego e impersonal "terror de la economía". Hace ya tiempo que la línea divisoria entre los grupos terroristas, la administración del Estado y los servicios de inteligencia se ha difuminado. Cada vez que se mira en el espejo, la sociedad democrática ve la imagen del terrorista. Esta imprecisa y oscura figura del terrorista es muy adecuada para exteriorizar el Mal que reside en la "sociedad de ciudadanos decentes" como un enemigo abstracto.

 

Este mecanismo de proyección es una especulación: al igual que el terrorista con su percepción del mundo ve el Mal del capitalismo encarnado cuando mira a las elites en funciones, el político democrático explicará la inseguridad ciudadana como resultado de la "amenaza terrorista". Ambos bandos, terroristas y el aparato de seguridad, utilizan el método de la "caza" de individuos para presentar orgullosamente sus cuerpos como trofeos al público, escenificando el "terror de la virtud" (Robespierre). Mientras tanto, la existencia real o fantasmagórica de terroristas se convierte en la condición legitimadora de las democracias de la economía de mercado en todo el mundo.

 

Algo muy similar sucede con el mito del especulador, que comenzó a florecer en los años 90 paralelamente con la expansión de la burbuja económica mundial. Como ya se sabe, la sorda agitación contra las ganancias especulativas se aproxima mucho al antisemitismo, que identifica a los judíos con los aspectos negativos del dinero. Si bien el mito adquirió un rostro en la persona de George Soros, todavía sigue representando una amenaza anónima; la sociedad del trabajo capitalista barrunta que se está quedando anticuada y proyecta el problema en un Mal personificado que supuestamente está preparándose para destruir el "trabajo honrado". Cuanto más obvio se hace que el sistema de trabajo es autodestructivo y  que la época de especulación es una de sus consecuencias, más urgente es la necesidad de encontrar un sujeto mítico aparentemente responsable.  La condición para que la proyección pueda encarnarse es que esta explicación irracional prospere en la percepción de las personas que apuestan su último dólar o euro en la bolsa. Tras el crac de los mercados tecnológicos, los medios se apresuran a declarar al "pobre inversor privado" como víctima de los siniestros poderes financieros que manejan las cuerdas entre bastidores.

 

Otra figura que junto con la del terrorista y la del especulador está alcanzando la cumbre de la proyección irracional y que se ha convertido en la encarnación más reciente del Mal es la  del  abusador de niños. En ninguna invocación mágica del demonio puede faltar el componente sexual. Paralelamente al supuesto "abuso de la seguridad social" por parte de "gorrones" (preferiblemente extranjeros), el abuso sexual se ha convertido en un tema de moda. Difícilmente se puede encontrar un terapeuta que no intente hacer creer a sus pacientes que han sido objeto de "abuso sexual" en su niñez. Hasta ahora la clasificación de los "tíos malos" sigue siendo vaga, pero es imposible no advertir su parecido con el antisemitismo. Los nazis aseguraban que los judíos hacían de los humanos una mercancía, y al mismo tiempo los pintaban  como demonios lascivos que perseguían a inocentes niños y niñas de la cultura mayoritaria. Una vez más, la sociedad oficial necesitaba externalizar y personificar uno de sus aspectos estructurales como símbolo del Mal. Pero la mayoría de los abusos sexuales tienen siempre lugar en el "acogedor" ámbito del dulce hogar. No se debe olvidar que Dutroux, el asesino de niños belga, introducía a sus víctimas en los círculos más prominentes para satisfacer la lujuria de estos. De todas formas, hace ya mucho que la sociedad capitalista es enemiga de los niños, como también es enemiga, hasta la médula, del placer. El eslogan de la "liberación sexual" de 1968, cuyos protagonistas no fueron capaces de superar las formas sociales prevalentes, ha conducido únicamente a la sexualización abstracta de los medios y de la publicidad, mientras que la vida sexual del individuo consumidor de mercancías es más miserable que nunca.

 

La presentación de crímenes sexuales como símbolo irracional de las contradicciones sociales se hace cada vez más odiosa y maligna. Cualquier diferencia entre ellos es allanada para poder despertar así el espíritu de los pogromos. En los debates sobre política sexual de los años 70, la tensión sexual entre adultos y jóvenes descrita en la literatura por autores como Vladimir Nabokov en su novela Lolita o Tomás Mann en su Muerte en Venecia, se aceptaba como una variante dentro del espectro de comportamiento sexual que puede hallarse en muchas civilizaciones, a condición que ello tuviera lugar con ternura y sin violencia. Actualmente, el  "sano sentimiento popular" representado en los medios de comunicación equipara inmediatamente este aspecto del erotismo con la prostitución infantil, la violación de niños o su asesinato por criminales maniáticos.

 

El motivo legítimo para denunciar y combatir la violencia masculina --intensificada en todo el mundo en crisis-- contra las mujeres y los niños, se invierte y se transforma en una herramienta para demonizar el fenómeno, en lugar de analizarlo para descubrir sus raíces. Esta manía de enfocarlo califica de abusadores sexuales a los mismos niños. En Estados Unidos, un joven de dieciocho años que se escapó de casa con su novia de catorce fue conducido esposado ante el juez. Lo mismo le ocurrió a un niño de once años, al que una vecina mojigata había visto jugar inocentemente a los médicos con su hermanita de cinco.

 

Las figuras míticas del Mal son necesarias para descargar la energía negativa de la crisis social de una manera irracional y antiemancipadora. Lo que tienen en común el terrorista, el especulador y el abusador de niños es que atacan en la oscuridad, lo mismo que las fuerzas anónimas de la competencia. Pueden ser cualquiera y nadie. En su clásica película "M: el vampiro de Dusseldorf", situada en Berlín con la crisis económica mundial de los años veinte como telón de fondo, Fritz Lang muestra de una manera angustiosa como la caza de un delincuente sexual no identificado provoca una psicosis de masas, con un reguero de sospechas, denuncias y ciega violencia. La sociedad muestra su cara fea, no menos terrorífica en absoluto que la del asesino mismo.

 

En la actual crisis mundial puede percibirse el mismo síndrome en una escala mucho mayor gracias a la expansión de los medios electrónicos de comunicación. Los políticos y los medios han tomado un camino de populismo histérico que se asemeja al linchamiento. Cuando en la prensa amarilla inglesa se publicaron los nombres y las direcciones de los supuestos abusadores de niños, una furibunda muchedumbre empujó a varios de ellos al suicidio y destrozó la consulta de una pediatra debido a su incapacidad para distinguir entre "pedofilia" y "pediatría" (una muestra elocuente de la calidad del sistema educativo británico). Tales sucesos revelan a qué punto de paranoia social hemos llegado. Una sociedad que ya no muestra interés por sus propios secretos está condenada a la caza de brujas.

 

Traducción: M. Alonso

Título original en alemán: Hysterischer Populismus

1-1-2001




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