Mojigatos y pecadores del mercado

El conflicto de la Comisión Europea con el gobierno federal alemán

¿Quién es el más neo-liberal de toda Europa? Parece haber comenzado así una especie de campeonato de mojigatería, sobre la cuestión de la apertura de los mercados y de la reducción de las subvenciones, entre los partidos, los gobiernos y las instituciones de la Unión Europea. En este momento, la Comisión de la Unión Europea está de nuevo en cabeza. Bajo la égida del presidente cesante de la Comisión, Romano Prodi, del comisario para el mercado interno, Frits Bolkestein y del comisario de la competencia, Mario Monti se enfrenta sobre todo al gobierno federal alemán, que está inundado por una marejada de querellas y ultimatums. Son objeto de disgusto la ley Volkswagen de enero 1960, los depósitos obligatorios para los envases y la ley sobre los correos; además de esto, se pide el reembolso de ayudas estatales ilegales a los bancos de los Länder de montante no inferior a 4,3 mil millones de Euros.

El gobierno rojiverde, al parecer, nunca es suficientemente devoto del mercado y de la competencia. Según el periódico „Handelsblatt“, Prodi y su equipo tienen previsto como procedimiento acelerar y endurecer el proceso de las reformas neo-liberales en la RFA, para dar una „señal de política de ordenamiento“. De ser así, la RFA sería sólo un caso de escarmiento ejemplar. Es decir: si incluso en el país de mayor peso económico en la UE se desvanecen las últimas reservas contra el totalitarismo de la competencia, ya ningún otro gobierno podrá cocinar una sopa para la respectiva clientela electoral. Incluso hay que desentenderse de las manifestaciones de masas. Cerrar los ojos y echar a andar. Las clases políticas deben rendirse a la absoluta obediencia hacia las leyes del mercado, acabando hasta con todas las concesiones tácticas. Este dios no permite ningún otro dios junto a él y la Comisión Europea es su profeta.

Esto ciertamente ni siquiera es la mitad de la verdad. La emancipación social y los imperativos del sistema que deben ser ejecutados por la política ni mucho menos están a priori frente a frente. La competencia universal también ejerce su influencia en aquellos que expresan sus reservas contra el desenfreno del capitalismo. La cosa funciona según el viejo proverbio: ¡mi querido San Florián, salva mi casa y pega fuego a las otras! En este sentido, la política no puede desempeñar ninguna función puramente represiva. Hasta los regímenes dictatoriales precisan de un reacoplamiento legitimatorio, y con más razón, la administración democrática de la crisis. Las contrarreformas tienen que ser vendidas y por lo tanto es precisa una apariencia de capacidad de acción política, por lo menos para una clientela social residual. Tanto el populismo de derecha como el populismo de izquierda se nutren de igual manera de poder dirigirse a un grupo de personas necesitadas de protección social que esperan salvarse a costa de otros. Es el caso sobre todo de ciertos empleados que forman el núcleo fijo de los grandes conglomerados y de ciertos segmentos centrales de las infraestructuras, cuya conciencia tiene fuerza de irradiación sobre el miedo y la esperanza de la sociedad mediática de masas.

A primera vista se nota que las leyes y medidas criticadas por la Comisión Europea entran todas en esta rúbrica. La ley Volkswagen protege el conglomerado de prestigio del pasado milagro económico contra OPAs hostiles y garantiza la influencia estatal de la Baja Sajonia, sin la menor garantía contra despidos en masa. La cuestión de los depósitos obligatorios para envases, en la práctica una farsa, es importante para la legitimación del gobierno rojiverde, ante la mala conciencia ecológica de aquella parte de las nuevas clases medias, que aún tienen esperanza en su capacidad de reproducción capitalista. La ley sobre los correos sirve de paraguas a determinadas estructuras nacionales de esta antigua empresa estatal contra la competencia más barata de otras empresas de servicios. Y las subvenciones a los bancos de los Länder apuntan a una influencia estatal mínima en el sector financiero, para garantizar una capacidad de acción para „tomar medidas de apaga-fuegos“, sin necesidad de dar un fuerte cambio de timón.

Naturalmente todo esto lo saben perfectamente los comisarios europeos. Como no están sujetos a los problemas de legitimación nacional-estatal, pueden asumir el papel de correctivo institucional como portadores aislados de la línea dura, para asegurar la dirección fundamental de las contrarreformas e impedir que los gobiernos flaqueen dejándose llevar por motivos táctico-electorales. En el fondo se trata de una especie de reparto de tareas entre la Comisión, como guardián del Santo Grial del neo-liberalismo, y el populismo de los Estados-miembro, que la complementan estando al servicio de las necesidades nacionalistas. Pero no hace falta ni mucho menos que las dos partes se hayan puesto de acuerdo sobre esto. El capitalismo funciona fundamentalmente como paralelogramo de fuerzas de intereses divergentes y rivalidades institucionales. El aparente pecado nacional contra el mercado es parte integrante de la devoción al mercado. Así se construye una falsa polaridad que desorienta la resistencia social. Para un efectivo contragobierno sería necesario quebrar a nivel transnacional la competencia de manera que superase, con todas sus consecuencias, la debilidad de los segmentos sociales centrales hacia el populismo nacional.

Original alemán „MARKTFRÖMMLER UND MARKTSÜNDER. Der Konflikt der EU-Kommission mit der Bundesregierung“ en el semanario „Freitag“, Berlín, 29-10-2004

Traducción portuguesa: http://obeco.planetaclix.pt/

Traducción al español: Contracorriente, revisado por Reinhart Esch